Saberse muertx: reflexiones sobre la pérdida de un compañero no humano

Nunca voy a olvidar el 3 de abril. Fue el día que me despedí de mi perra Ziva. Si me seguís un poco por aquí, ya sabrás que por ella conocí el conductismo, es decir por ella le agarré gusto a la carrera de psicología, la cual yo daba ya por perdida. Llegó a mi vida en el 2013, en un momento que a mi me daban asco los perros. Pero verla ahí, orinada del susto y completamente perdida, removió algo en mi. Desde entonces no solo perdí el asco, sino que gané vida.

No me había atrevido a escribir del tema no por que doliera, ya acepté que eso será inevitable el resto de mi vida, sino porque todavía no encontraba las palabras. Ahora entiendo que tal vez nunca las encuentre, pero también las palabras me permiten ir jugando y encarnando la muerte. Porque algo que he entendido mejor con los años y con las pérdidas que me ha tocado vivir, es que la muerte no se entiende, se vive en la piel. Sale, con las lágrimas y contención de los brazos amigos. Y entra, con cada recuerdo inevitable de los seres que ya no están con nosotres. 

Fue por Ziva también que descubrí el fascinante mundo del entrenamiento animal, al cual dediqué mucho tiempo de mi formación y carrera profesional. Y para ser honeste, algo en mi le quedó debiendo a esta rama. Fue así como llegué a una parte muy interesante de este mundo que se llama Concept Learning (Aprendizaje de conceptos). Aquí le enseñabas a los perros a entender conceptos de conteo, localización e imitación. Lo que me parecía fascinante era cómo, a través del uso de principios del aprendizaje, podía enseñarle a otra especie a responder a reglas generales en vez de estímulos particulares o específicos. Es decir pasar de la respuesta a un objeto concreto a una categoría abstracta. Por ejemplo que un perro entendiera el concepto de localización o lateralidad, implicaba que respondiera al arriba/abajo o izquierda/derecha independientemente del lugar u objeto que se estuviera posicionando. O comprender el concepto de un número, ese verdadero nacimiento del número que Steven Strogatz sostiene que ocurre cuando quien cuenta se desliga del objeto real y descubre que el “tres” existe por sí mismo, como una propiedad compartida por cualquier grupo de tres elementos.

En mi ignorancia de aquel entonces, me maravillaba de cómo les humanes éramos capaces de enseñar esto, obviando el hecho de que el comportamiento de conceptualizar ya ocurre de maneras tan amplias y curiosas en tantas especies no humanas por procesos experienciales en los que nada tenemos que ver las personas. 

La muerte de Ziva me regresó a uno de los libros más fascinantes con los que me he topado. Un ensayo filosófico de Susana Monsó que se titula La zarigüeya de Schrödinger: Cómo viven y entienden la muerte los animales (Playing Possum: How Animals Understand Death). Monsó desafía en su obra la idea tradicional de que para entender la muerte se requieren capacidades cognitivas e intelectuales exclusivas del ser humano como el tiempo o la eternidad. Es decir, la idea de que el concepto de muerte es algo a lo que sólo les humanes podemos acceder por la complejidad que supone pensar en el para siempre, el infinito y la eternidad. Pero como de manera honesta pregunta Mark Rowlands en el prólogo: “¿Quién entre nosotres entiende realmente la eternidad?”; y como la autora plantea más adelante en el libro, no todas las formas de pensamiento requieren el uso de conceptos. O al menos no conceptos complejos. 

Así que Monsó propone ver más allá del sesgo antropocéntrico, este que percibe las características de la especie humana como el centro de toda la experiencia de vida, y fundamenta que un concepto de muerte puede ser mucho más fácil de entender de lo que pensamos. Incluso, es posible que sea bastante común encontrarlo en el reino animal. Traducido a palabras más conductuales, quizá podamos pensar en una gran variedad de topografías de conceptualizar que van más allá de lo que nos han enseñado que hacemos les humanes. Pasar de esa idea de una mente superior que contiene la capacidad de crear conceptos a entenderlo como un comportamiento que puede ser experienciado de diversas formas sin un molde específico fue lo que al final, con los años, me pareció deslumbrante en el entrenamiento animal. 

Para partir con su propuesta, la autora entiende el concepto de muerte no como una dicotomía  rígida sino como un espectro en el cual el concepto humano de la muerte estaría en algún punto de la periferia, aunque no necesariamente a ningún extremo. Consideremos que existen muchas creencias relacionadas a lo que ocurre durante y después de la muerte que varían entre individuos y culturas. La pregunta es entonces: ¿en dónde podríamos posicionar el entendimiento de otras especies?

Para empezar a delinear el asunto, explica que existen siete sub componentes del concepto de muerte que les psicólogxs del desarrollo utilizan para determinar hasta qué punto lxs niñxs de diferentes edades entienden la muerte: (1) falta de funcionalidad: la muerte implica el cese de funciones físicas y mentales, (2) irreversibilidad: un organismo muerto no puede regresar a la vida, (3) universalidad: todos los organismos vivos y sólo los organismos vivos, mueren, (4) mortalidad personal: la muerte también aplica a unx mismx, (5) inevitabilidad: la muerte no puede ser pospuesta indefinidamente, (6) causalidad: la muerte es ocasionada por un fallo en las funciones vitales, y (7) impredictibilidad: el momento exacto de la muerte no puede ser predecidlo con antelación.  

Curiosamente, la resistencia a aceptar algunos de estos subrasgos lo vivimos en todas las edades, culturas y especies, como veremos más adelante. Y claro, que nos cueste aceptarlo  por el motivo que sea, no quiere decir que no tengamos un concepto de muerte. Por lo tanto, tampoco podemos esperar que se cumplan con todos los criterios a cabalidad para que exista un concepto de muerte en especies no humanas.

Es así como Monsó establece que en este marco situado en la filosofía y tanatología comparada, un animal ha aprendido y aplica el concepto de muerte si es capaz de categorizar un cadaver bajo dos criterios básicos: la inoperatividad y la irreversibilidad. La primera es entender que un cuerpo ya no funciona –no se mueve, no respira, no reacciona–. La segunda que ese estado es permanente –ese individuo no volverá a actuar como antes–. Adicionalmente, esto que denomina concepto mínimo de la muerte, presupone un concepto mínimo de vida, que está determinado por la expectativa de que exista cierto grupo de funciones características de los seres vivos de cierto tipo y que el animal tenga la expectativa de que dichos comportamientos se presenten en dicho ser vivo. Esto es importante dado que todo concepto debe situarse en una red semántica con otros conceptos y de requiere la misma para adquirir significado. Este último elemento permite contextualizar la experiencia del individuo que se está observando, haciéndola más flexible y permitiéndonos ampliar la variabilidad del comportamiento.

En el entrenamiento de conceptos que mencionaba antes, es la persona que entrena quien guía la generalización y discriminación del comportamiento con procesos de reforzamiento. Sin embargo, en la naturaleza, los animales aprenden el concepto de muerte a través de presiones ecológicas y contacto directo con la experiencia*. Esto puede verse en dos eventos importantes en el mundo animal: la predación y las interacciones sociales. 

En la naturaleza, la supervivencia es un constante proceso de aprendizaje donde la predación funciona como el moldeador de conducta más implacable. Un depredador no puede darse el lujo de gastar energía persiguiendo a una presa viva si hay alternativas, pero tampoco puede arriesgarse a consumir un cadáver descompuesto lleno de bacterias peligrosas. Por eso, los cazadores desarrollan una fina discriminación de estímulos para leer las señales del entorno e identificar la inmovilidad o la falta de respiración. La prueba de fuego de que este sistema de categorización conductual existe la encontramos en la tanatosis de la zarigüeya –si, he ahí el nombre del ensayo de la autora–. Al paralizarse, sacar la lengua y emitir olor a podrido, el animal cambia las propiedades operantes de la situación. Al simular a la perfección el concepto mínimo de muerte, la presa altera el valor del estímulo para el depredador, haciendo que este evite o abandone la caza por puro reforzamiento negativo (evitar la enfermedad). Si el cazador no hubiera desarrollado esta respuesta discriminativa ante un cuerpo sin vida, este brillante engaño evolutivo simplemente no funcionaría.

Por otro lado, cuando la muerte toca a la puerta dentro de una misma comunidad, las contingencias ambientales cambian por completo, dejando de lado el alimento para enfocarse en la regulación de los vínculos y la salud grupal. Esto se hace evidente cuando observamos a madres primates o cetáceas que cargan a sus crías fallecidas por semanas. Lejos de ser solo un lamento emocional, Monsó nos muestra que estas madres discriminan perfectamente la inoperatividad de sus hijos (saben que no se mueven ni maman), pero la historia de reforzamiento del vínculo materno genera una resistencia a que la conducta de cuidado se elimine de golpe ante la irreversibilidad. De igual forma, las famosas "asambleas" de los cuervos ante un compañero caído no son funerales sentimentales, sino conductas operantes de evaluación de riesgo para evitar zonas de peligro. Incluso el acicalamiento de difuntos en los chimpancés, que a primera vista parece un ritual de respeto, funciona como una respuesta adaptativa para gestionar la transición de un miembro activo hacia un objeto inanimado, previniendo focos de infección.

Desde la perspectiva conductual y las ciencias del entrenamiento animal, estos escenarios demuestran que el aprendizaje de conceptos no requiere de constructos mentales abstractos ni de una auto conciencia sofisticada como se suele pensar. Lo que observamos es un control de estímulos altamente sofisticado y funcional: el animal responde a redes de relaciones complejas (como "vivo versus muerto" o "seguro versus peligroso") basándose enteramente en las consecuencias de su entorno y en su historia de aprendizaje. Tanto en escenarios de entrenamiento como en la vida salvaje, la conducta es siempre una herramienta de adaptación. Comprender el concepto mínimo de la muerte, en última instancia, no es un proceso místico, sino una habilidad conductual, experiencial y relacional clave para salvaguardar la vida en un contexto siempre cambiante. Monsó llega a esta conclusión en unos términos filosóficos tan  fascinantes y conmovedores que les recomiendo no dejar pasar esta lectura.

A mi me gusta pensar que la conducta nos permite acercarnos más a la vida y tener una perspectiva más aterrizada a lo que significa ser humanes. En un momento en el que, como especie, nos sentimos merecedores de acaparar territorios y destruir a otras especies porque no son tan importantes, la mirada conductual nos recuerda que somos una especie más, ni mejor ni peor. Y que nuestra experiencia no es ni más ni menos válida que la de otras especies con las que tenemos la dicha de existir. Es posible que quienes tengamos compañías no humanas hayamos aprendido algo de esto con la mera experiencia de compartir nuestro camino con estos seres. 

En cuanto a mi historia, tengo la dicha de haber podido caminar con mi compañera de vida hasta su último aliento. Le conocía tanto y pude ver en sus ojos que estaba asustada. Me pregunto si entendía que estaba muriendo. Y ahí estuve yo, sosteniéndola, como ese primer día que nos encontramos. Se quedó dormida en mis manos. Y también, se quedó para siempre en todas aquellas personas que pudimos coincidir con ella en este camino. Tengo el sonido de su respiración grabada en mi teléfono y cuando estoy lejos de casa sigo con el impulso de preguntarle a mi mamá cómo está la perri. Creo que a mi manera, como Tahlequah o Lucy**, todavía no termino de aterrizar en la irreversibilidad de su partida. Ese 3 de abril, con el alma rota, le escribí un poema.

Se apagó mi sol,

se murió mi sombra;

la ilusión de mis mañanas,

la vida que me traía a casa.

Se me fue mi lugar seguro,

mi sueño en calma.

Mi hogar. 

Mi compañera. 

Mi alma.

Nada dura para siempre, 

y aunque me queda todavía

un paseo pendiente,

se que supimos 

transitar muy bonito 

este camino, 

compañera. 

Nos divertimos mucho.

Nos quisimos lindo.

Descansa rico.

Bibliografía 

Monsó, S. (2021). La zarigüeya de Schrödinger: Cómo viven y entienden la muerte los animales. Plaza y Valdés Editores

Speece, M. W., & Brent, S. B. (1996). The development of children's understanding of death. In C. A. Corr & D. M. Corr (Eds.), Handbook of childhood death and bereavement (pp. 29–50).

Strogatz, S. (2013). El placer de la X: Una visita guiada por las matemáticas, del uno al infinito. Taurus.

*Algo muy similar a nosotres les humanes, que aprendemos todo el tiempo, querramos o no. Nos demos cuenta o no.

**Protagonistas de algunas historias que Susana Monsó utiliza en su texto.

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