¿Cómo pensamos y abordamos el malestar psicológico?
Película Lars y la chica de verdad
Ryan Gosling se ha caracterizado, creo yo, por hacer papeles bastante versátiles. Pero hay uno en particular que pocas personas conocen, o del que hablan poco porque, claro, lo bueno casi nunca es masivo. Me atrevo a decir que es el mejor papel que le he visto a este hombre en su carrera. Me refiero a cuando interpretó, en 2007, a Lars Lindstrom en Lars y la chica de verdad (Lars and the Real Girl).
Aunque, claro, la verdadera joya no es Ryan Gosling, sino la historia que escribe la dramaturga y guionista Nancy Oliver —curiosamente también escritora de la maravillosa serie Six Feet Under— sobre qué ocurre cuando el malestar psicológico deja de ser visto como un problema individual que requiere institucionalización —incluso cuando se trata de experiencias que siempre se han tachado de “locura peligrosa”, como el delirio— y se aborda desde la comunidad.
Y sí, vayan a ver la película antes de seguir leyendo porque vienen spoilers.
Resulta que Lars es un treintañero, residente de una pequeña comunidad en Wisconsin, con dificultades importantes para relacionarse con otras personas. Tras la muerte de sus padres, se retira a vivir al garaje de la casa familiar, mientras que su hermano y su esposa embarazada habitan la casa principal.
Un buen día, Lars anuncia que ha conocido a alguien por internet: Bianca, una misionera de origen brasileño-danés. La sorpresa ocurre cuando descubren que Bianca es, en realidad, una muñeca de silicona de tamaño real. Sí, una muñeca sexual.
Su hermano y cuñada, con miedo y sin tener idea de qué hacer, deciden acudir a la médica del pueblo, una profesional con un tino maravilloso, que les propone que el delirio de Lars responde a una necesidad que no está siendo satisfecha de otra manera y que esa conducta cumple una función. Por ello, les propone participar del delirio en vez de resistirse a él. Es decir, seguirle el rollo a Lars y acompañarle a descubrir lo que sea que hubiese que descubrir ahí.
La familia —y luego prácticamente toda la comunidad— decide participar, tratando a Bianca como una persona real e incluyendo a Lars y su novia en todas las actividades y festividades. A través de esta relación, que toda la comunidad facilitó, Lars comienza a procesar eventos traumáticos de su historia de vida, entrando en contacto con escenarios que le enseñan a vincularse con las demás personas y con su propia realidad.
Y sí, al final Bianca muere de una misteriosa enfermedad y Lars empieza a conocer, en plan romántico, a una persona del pueblo que siempre había mostrado interés en él. Es decir, Bianca muere cuando el delirio ya no es necesario, porque Lars ha aprendido a interactuar y vincularse con su comunidad.
Quizás esa sea la idea más poderosa de toda la película: el delirio no se combate ni se aplasta, se acompaña hasta que deja de ser necesario. En otras palabras, el malestar no siempre desaparece cuando lo corregimos, sino cuando logramos entender qué función estaba cumpliendo en la vida de alguien.
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¿A quién le conviene la idea de “enfermedad mental”?
Una de las frases más acertadas que he escuchado de colegas que admiro mucho es que les psicólogues tenemos una muy mala autoestima. Esto nos ha llevado a creer que nuestra disciplina no tiene suficientes recursos para explicar su objeto de estudio —la conducta de un organismo—, por lo que hemos recurrido erróneamente a valernos de otras disciplinas para justificarnos, en particular de la biología y la medicina.
Y esto nos ha hecho un daño terrible.
Bernard Guerin (2016) argumenta que la psicología tomó un camino equivocado hace unos 70 años, un camino que él denomina la Vía 1 (Pathway 1), al adoptar un enfoque biomédico y cognitivo en el cual se asumía que el entorno era insuficiente para explicar la complejidad humana y que, por tanto, el comportamiento debía originarse en el interior de la persona.
De aquí surgen problemas importantes:
Ficciones explicativas.
Esto quiere decir la invención de entidades internas como la “mente”, el “ego” o el “procesamiento de información” como sustitutos de los controles externos que son difíciles de observar. Y el problema no es el uso de estos términos en la interacción coloquial, sino que supuestos expertos expliquen los problemas psicológicos valiéndose de estos.
La patologización y evasión de responsabilidad.
Etiquetar los problemas psicológicos como “trastornos mentales” o supuestos desequilibrios cerebrales sitúa la culpa en la persona. Esto hace que las instituciones y la sociedad en general puedan evadir con facilidad la responsabilidad de cambiar los entornos que favorecen la injusticia social, económica y política.
La facilitación de modelos estáticos.
El enfoque tradicional pretende encajar la vida en un molde rígido y abstracto que poco tiene que ver con la fluidez y los cambios naturales de la vida. Esto hace que, en la práctica real, no exista una sintonía entre el “manual de turno” y lo que le ocurre a la persona.
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Ahora bien, esto no fue un error inocente. Alguien ha salido muy beneficiado con esto durante décadas.
Una cosa en extremo valiosa que me han enseñado los documentales es que, si se quiere llegar al fondo de un asunto, es preciso seguir el rastro del dinero. Y da la casualidad de que un sector económico ha sido enormemente favorecido con el entendimiento tradicional —dígase biomédico— de los problemas psicológicos: la industria farmacéutica.
Y esto no es casualidad. La Vía 1 (Pathway 1) produce exactamente el tipo de explicación que esta industria necesita: si el origen del sufrimiento está dentro de la persona —en su cerebro, su química o su mente— entonces la solución lógica será también individual y biológica, generalmente en forma de fármacos. Cuando el sufrimiento se define como una enfermedad interna, aparecen inmediatamente tratamientos listos para ser vendidos.
Esto no es noticia nueva ni secreta. De hecho, documentos judiciales del estado de Texas revelaron cómo en los años noventa Allen Frances (entonces presidente del grupo de trabajo del DSM-IV) y otros colegas recibieron sumas de hasta $500,000 por desarrollar guías de práctica clínica que promovían el uso de Risperdal, un antipsicótico de segunda generación, como tratamiento de elección para la esquizofrenia.
El informe Rothman, uno de estos documentos judiciales, describe que este proyecto fue construido con un claro conflicto de intereses: mientras Frances lideraba el manual que definía las enfermedades, también aceptaba dinero de quienes vendían las “curas”. En esencia, constituía una campaña de marketing para Risperdal.
Allen Frances luego se disculpó y dedicó gran parte de su carrera posterior a enmendar estos errores, siendo ahora una figura muy crítica del DSM y sosteniendo que ha sido testigo —y parte— de cómo la industria secuestra los diagnósticos para crear falsas epidemias.
Historia que me recuerda cómo se crea la crisis de opioides en Estados Unidos, cuando Purdue Pharma literalmente inventa el diagnóstico de “pseudoadicción” para vender más OxyContin.
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Y si no es así, entonces ¿cómo?
Esta es una pregunta para la que no tengo respuesta clara, porque siempre me topo con una pared gigantesca al momento de querer llevar la idea a la práctica.
Sí, me parece maravillosa la propuesta de la comunidad de Lars, pero me cuesta pensar cómo podría verse esto en mi contexto. ¿Cómo nos detenemos a abordar el malestar en comunidad cuando la vida nos detiene y consume de formas tan atroces?
Me resulta difícil pensar en una comunidad que acoge cuando tenemos que considerar más de cuatro horas metides en el tráfico para llegar de un punto a otro; cuando la jornada laboral implica lidiar con jefxs explotadores; cuando los trabajos precarizados apenas dejan para lo necesario; cuando siempre andamos cansades y con prisa; cuando el ajetreo político no descansa y constantemente parece que las decisiones importantes penden de un hilo.
Qué difícil me parece, en este contexto, voltearnos a entender un delirio y acompañarlo. Pero por algún lado tenemos que empezar.
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Guerin propone algunas cosas interesantes para pasar de la Vía 1 (Pathway 1) a una visión contextual de los problemas psicológicos y establece cambios sustanciales que podemos ir haciendo, no solo les profesionales de la psicología y las ciencias de la salud, sino todes y cada une de nosotres.
Reconocer el error histórico.
Es decir, pasar del entendimiento de los problemas psicológicos como errores internos hacia la indagación contextual.
Cambiar el foco del cerebro al entorno.
Dejar de ver al cerebro como el originador de la conducta y empezar a verlo como una interfaz: un elemento necesario para que haya conducta —sin cerebro no hay vida—, pero que no es su causa.
Redefinir la cognición como lenguaje social.
Dejar a un lado la idea de la cognición como un proceso interno de naturaleza distinta para entenderla como una conducta: pensar es hablar en privado. Y como todo comportamiento, ocurre en contexto, por lo que sus contenidos estarán moldeados por este.
Fusionar la psicología con las ciencias sociales.
Reconocer los saberes situados de cada disciplina y poder pasar de una visión causal a una contextual. En lugar de buscar leyes universales de la mente, el análisis contextual busca describir las situaciones de vida real que atrapan a las personas en determinados patrones de respuesta.
Algo muy similar a lo que propone el análisis funcional y a lo que la médica en la comunidad de Lars planteó: pasar de un “¿qué proceso interno causa esto?” a un “¿qué está tratando de lograr esta persona en su contexto y qué consecuencias está obteniendo?”.
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Y cuando digo que este giro lo podemos hacer todes, pienso en qué pasaría si pudiéramos adoptar una visión contextual de lo que nos ocurre a nosotres y a quienes amamos.
¿Cómo se verían los vínculos si, en vez de tratar de etiquetar el malestar, lo intentásemos comprender?
¿Cómo cambiaría la explicación de “es une huevone” en el contexto laboral ante el ausentismo y el presentismo?
¿Qué pasaría si dejáramos de creer el cuento de que algo está mal adentro de nosotres y pusiéramos la mirada en el contexto y en el apoyo comunitario?
A mí me gusta creer que podemos abrir pequeños espacios en la vida para hacer mejores preguntas. Espacios donde el sufrimiento no sea automáticamente diagnosticado, medicado o corregido, sino escuchado y entendido.
Tal vez la comunidad de Lars no sea un modelo fácil de replicar en nuestras ciudades aceleradas y fragmentadas, pero sí nos recuerda algo importante: muchas veces lo que las personas necesitamos no es que alguien nos diga qué está mal dentro de nosotres, sino que alguien esté dispuesto a quedarse el tiempo suficiente para entender qué está pasando a nuestro alrededor.
Y quizá ese sea un buen lugar para empezar a imaginar una sociedad distinta.
Bibliografía
Gillespie, C. (Director). (2007). Lars and the Real Girl [Película]. Sidney Kimmel Entertainment; Metro-Goldwyn-Mayer.
Guerin, B. (2016). Turning psychology into social contextual analysis. Routledge.