¿Es el pensamiento el verdadero enemigo?
¿Podemos decir que pensar hacer un acto atroz es más reprobable que ejecutar una violencia "menor"?
No se a ustedes, pero a mi me cuesta pensar en Robert Pattinson fuera del papel de Edward Cullen en la saga de Crepúsculo. Sin embargo, para mi sorpresa, le he encontrado en papeles muy interesantes que escapan de la palidez de ese primer personaje en el que le vi. Aunque tal vez en esta oportunidad quien me convenció de ver The Drama fue Zendaya, que rara vez me decepciona con sus papeles e interpretaciones. Pero la verdad es que conozco muy poco de cine y actuación. Solo se que me gusta lo que me gusta y que hay escenas en las películas y series que veo que me dejan pensando. Este fue uno de esos casos.
No quiero hacer más spoilers de los necesarios, pero para que dimensionen, si no quieren ver la película, haré unos cuantos. Así que si no quieren que les arruine el momento corran ahora a ver la película. En una escena reveladora de esta película, dos parejas amigas comparten las peores acciones de sus vidas. El primero narra una respuesta bastante visceral en una situación de peligro, nada tan reprobable, pero abre la puerta a la conversación. Luego su pareja expresa como en una situación de miedo, o desconocimiento de no saber cómo lidiar con su vecino con discapacidad intelectual, decide encerrarle en el armario de su casa. Lo más problemático no fue esa reacción que parecía poco meditada, sino la elección que hace de callar dónde le había encerrado pese a que su padre le buscaba desesperadamente y había un notable sufrimiento que vivía su vecino encerrado. Si, esa persona pudo morir, pero no parecía ser tan importante porque al final no pasó del “mal rato” y le encuentran a las horas. Luego, el tercer integrante del grupo expresa que su peor acto había sido acosar repetidamente a un compañero de clase que incluso tuvo que mudarse de estado con toda su familia por el sufrimiento que le había ocasionado.
Hasta aquí la incomodidad colectiva se mantiene extrañamente baja a pesar que confiesan actos de violencia real con impactos tangibles. Sin embargo, la tensión estalla cuando una de las integrantes confiesa algo distinto: ella nunca ejecutó un daño físico, pero sí pensó y planificó detalladamente un acto de violencia extrema: planeó llevar a cabo un tiroteo en su colegio. Nunca lo llega a ejecutar, incluso la única persona que sale perjudicada es ella al perder la audición por usar el arma de su padre en un momento que se disponía a practicar el uso de las armas, pero es la afirmación que cambia el tono de la reunión por completo. Al interrogarla, el grupo descubre que la única razón por la que no ejecutó el tiroteo fue el puro azar. De hecho, ese mismo azar la llevó a realizar acciones que terminaron evitando otras tragedias similares. Este personaje se involucra incluso en grupos de estudiantes en contra de las armas y en campañas sociales de prevención del uso de estas. Pero el desenlace no importaba: la mera existencia del pensamiento destructivo se convierte en su condena moral.
A mí me resulta muy común escuchar como el simple hecho de contener una idea termina siéndonos muy perturbador y generándonos muchísimo malestar. Sin embargo, desde el conductismo radical, los pensamientos no son entidades místicas ni causas mágicas de la conducta: son "conductas privadas". Y estas pueden funcionar como un estímulo antecedente que incrementa la probabilidad de una acción, pero no posee una relación causal ineludible por naturaleza. Es decir, pensar hacer algo no es equivalente a ejecutarlo. Hay un famoso ejercicio que se propone en ACT de pensar que no se puede levantar el brazo mientras se levanta. Te invito a que lo hagas, aunque pueda parecer tonto porque ya sabes que si puedes levantar el brazo aunque pienses que no, pero el hecho de ponerlo en el cuerpo ayuda a dimensionarlo.
Ahora el verdadero problema surge cuando la sociedad opera bajo un control aversivo rígido. Esto hace referencia a modificar o guiar el comportamiento por la amenaza de algo desagradable. Es decir, la conducta no se mantiene porque hacer esto es bueno para mi, sino porque hacerlo es muy malo y por ende lo evito. Como señala la psicología conductual contextual, la presión y el castigo social por tener "malos pensamientos" generan una enorme resistencia y evitación experiencial. Es como si estuvieras en una piscina e intentaras mantener una pelota de playa bajo el agua. La pelota genera resistencia y por mucho que tu trates de sostenerla abajo, esta flota y seguirá flotando, generándote más malestar. Paradójicamente, este intento de suprimir lo que "no se debería pensar" incrementa el malestar y termina convirtiéndose en el principal detonante de verdaderos problemas de conducta.
Esta metáfora de la pelota la proponen varios teóricos de ACT pero yo recuerdo que la vivía cuando era pequeñe en las piscinas intentando hundir mis flotadores. Me lo tomaba como un reto y terminaba bastante frustrade. Así que en lugar de actuar como una policía de la mente, la psicología conductual nos invita a analizar el contexto: comprender qué variables ambientales y qué consecuencias permiten que una cognición privada se transforme en un acto observable con impacto devastador en el entorno.
Además, esta obsesión con purificar la mente también ignora la naturaleza de cómo pensamos. Donna Haraway nos enseñó que no existe una conciencia pura ni una mirada neutral desde el "limbo". Todo conocimiento es situado; pensamos desde cuerpos, tecnologías, aprendizajes y entornos específicos. Nuestras mentes no son templos sagrados aislados, sino redes complejas hibridadas con la cultura, los medios y las violencias del entorno. Exigir una mente libre de impulsos oscuros en un mundo saturado de hostilidad es una desconexión de la realidad. Si somos, como diría Haraway, seres en constante co-construcción con nuestro entorno, el enfoque ético no debe ser la vigilancia punitiva de lo que ocurre dentro, sino la responsabilidad colectiva sobre las condiciones materiales y relacionales que habitamos.
Quienes castigan el pensamiento de la protagonista de la película lo hacen bajo situaciones muy especificas de privilegio y vivencias cercanas que les sesgan y alejan de entender cómo es que ella llegó a pensar lo que pensó. Porque claro, no se levantó un día queriendo acribillar a sus compañeras de clase. El pensamiento se gestó en un entorno de acoso escolar y recriminaciones diversas sobre su aspecto físico y comportamiento que se alejaba de lo común en su entorno. Al final, pensamos lo que pensamos por los entornos en los que nos conducimos y la información que ellos nos presentan.
Finalmente, la gravedad que le asignamos a un pensamiento o a una acción nunca es neutral: está atravesada por el poder. Al recuperar la célebre pregunta de Gayatri Chakravorty Spivak, «¿Puede hablar el subalterno?», podemos trasladar el dilema al campo de la moralidad: ¿A quién se le permite tener qué pensamientos y a quién se le castiga por ellos?
La asignación de culpabilidad varía drásticamente según el eje del privilegio: A los sujetos históricamente hegemónicos a menudo se les disculpa la violencia física real bajo narrativas de "un mal día" o "un error aislado", preservando la presunción de una mente sana. Así que en esta existencia privilegiada, los otros personajes de la película tenían permitido llevar a cabo acciones bastante nocivas, que de hecho culminaron en daños a las personas de su entorno, pero las consecuencias que recibieron por ello fueron risas y hasta curiosamente la justificación de por qué habían llevado a cabo esos actos. Sin embargo, los sujetos subalternos o marginalizados se les criminaliza no solo por lo que hacen, sino por lo que se sospecha que piensan. Sus mentes son leídas a priori como peligrosas, y sus deseos de resistencia o sus pensamientos reactivos a la opresión son juzgados con una severidad desproporcionada. El caso del personaje en cuestión que planeó el tiroteo pero que incluso, sin haberlo ejecutado, recibe el castigo y recriminación social.
Debo confesar que me enojé mucho en la película desde el minuto 20, que mas o menos ahí recuerdo que aparece la escena en cuestión. Pero me llevo bien con mi enojo, sobre todo cuando me recuerda que estoy en presencia de violencias sistematizadas o sucesos que considero necesitan que nos detengamos y repensemos. Así que después de varias pausas y momentos de dialogo y reflexión que tuvimos con mi pareja en nuestra tarde de películas, me quedé con la idea de lo importante que es mudar la atención de la "limpieza mental" hacia el análisis contextual como propuesta para humanizarnos. Al final, dejar de vigilar el pensamiento para empezar a desmantelar los contextos que facilitan la violencia real nos permite construir prácticas mas justas, menos hipócritas y, sobre todo, mucho más transformadoras.
Y si les pareció interesante el tema, vayan a ver la película y abramos más conversaciones al respeto.
Bibliografía
Froxán Parga, M. X. (Coord.). (2020). Análisis funcional de la conducta humana: Concepto, metodología y aplicaciones. Ediciones Pirámide.
Haraway, D. J. (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza (M. Talens, Trad.). Ediciones Cátedra.
Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2014). Terapia de aceptación y compromiso: Proceso y práctica de un cambio consciente (2ª ed.). Editorial Desclée de Brouwer.
Spivak, G. C. (2011). ¿Puede hablar el subalterno? (J. Alonso, Trad.). En M. Asensi (Ed.), Estudios poscoloniales. Ensayos fundamentales (pp. 15-64). Editorial Akal.