La atención como conducta revolucionaria

Hace unas semanas publiqué un reel sobre el coste de respuesta que está teniendo el tráfico en la Ciudad de Guatemala y cómo este, al distanciarnos también de muchas cosas que nos conectan con la vida, son el caldo de cultivo perfecto para que lo que solemos llamar depresión. Yo pensé que eso era lo más importante de lo que estaba comunicando, pero resultó que no. Gran parte de la interacción en comentarios tenía que ver con el uso del lenguaje neutro. Sí, al parecer usar una “-e” en vez de las connotaciones masculinas o femeninas que la RAE aprueba, era más importante que la caída en picada de nuestro bienestar psicológico. Así fue que este asunto me llevó a reflexionar sobre la atención como conducta revolucionaria: ¿Cómo podemos entender la atención como un comportamiento? ¿Qué tanto control tenemos sobre ella? ¿Cómo llegamos a ponerle atención a ciertas cosas y no a otras? ¿Qué impacto o qué mundo estamos construyendo con los aspectos de la realidad a los que elegimos o no atender?

Entender la atención desde una perspectiva psicológica, es decir como un comportamiento,  implica alejarnos de la idea de que es una capacidad interna y verla como una interacción dinámica entre el organismo y su entorno. Según Pérez Fernández et al. (2015), atender es el acto de responder de forma diferencial a fragmentos específicos de nuestra realidad. En términos técnicos, hablamos de una propiedad relacional: de todo el ruido sensorial que nos rodea, ya sea sensaciones internas o estímulos externos, solo una parte logra “capturar” nuestro comportamiento. Esta conducta no es un misterio intangible; es medible y observable, ya sea mediante el registro directo de hacia dónde dirigimos nuestros sentidos o analizando cómo un estímulo nuevo interrumpe una tarea en curso. 

A la vez, podemos entender que este proceso se organiza en niveles de complejidad que van desde lo biológico hasta lo aprendido. En su forma más simple, la atención uniestimular nos permite habituarnos o sensibilizarnos a un solo evento. Sin embargo, nuestra historia de aprendizaje complica el panorama: mediante el condicionamiento clásico, atendemos a lo que predice eventos importantes, mientras que el condicionamiento operante nos enseña a buscar señales que prometen una recompensa. En última instancia, el porqué nos fijamos en algo depende de un interesante y delicado equilibrio entre nuestra evolución como especie, nuestra historia personal de refuerzos y las propiedades del entorno. 

La atención como comportamiento implica entender que esta no ocurre en un vacío, sino que se presenta en contexto. Llevarla a una cosa u otra dependerá de una historia y circunstancias que pocas veces nos detenemos a considerar. Sara Ahmed (2019) sostiene que la atención implica una economía política donde el tiempo y el enfoque se distribuyen de manera asimétrica. No todas las personas podemos acceder a los mismos objetos del entorno y no todes podemos operar de una manera específica con esos objetos, ya que esa operación e intercambio dependerá de cómo lleguemos. Desde el análisis funcional diríamos que nuestra historia ontogénica (experiencia personal) y los determinantes ambientales no son neutrales. El entorno selecciona qué estímulos están disponibles para controlar nuestra conducta y quiénes tienen el privilegio de acceder a ciertos espacios. De esta manera, la atención se convierte en un recurso mediado por el poder, donde lo que decidimos observar, o lo que el entorno nos permite atender, define nuestra capacidad de acción y la construcción de nuestra realidad. 

Cuando analizamos la atención, podemos ver cómo el conductismo radical de Skinner y la fenomenología planteada por Sara Ahmed convergen en un punto fundamental: la experiencia de prestar atención no ocurre dentro del individuo, sino en su relación con el mundo. Lo que Ahmed denomina orientación -la inclinación hacia ciertos objetos que están “al alcance”- puede entenderse desde la ciencia de la conducta como el resultado de una historia de reforzamiento. Para Skinner no atendemos de forma neutra, nuestro comportamiento está bajo el control de estímulos que han sido seleccionados por sus consecuencias pasadas. En esta intersección, la atención deja de ser un proceso mental aislado para presentarse como una interacción situada, donde la política del entorno decide a qué estímulos tenemos permitido atender y, en consecuencia, qué realidad podemos construir. 

Antes de seguir enlazando cosas, veamos un poco la historia y evolución del elemento en discordia: el uso del lenguaje neutro. Porque sí, el lenguaje importa. Los primeros referentes claros de un movimiento relacionado con cómo se nombra a quien se nombra, comenzó en los años 70-90 con el lenguaje no sexista que buscaba visibilizar a las mujeres mediante el desdoblamiento -la estrategia que consiste en mencionar explícitamente tanto la forma masculina como la femenina- para salir del masculino genérico que invisibiliza a las mujeres. Este sería decir, por ejemplo: “las niñas y los niños”. Mas tarde, en los años 2000 se empiezan a utilizar símbolos visuales como la @ o la X en entornos digitales para neutralizar el género en la escritura. Si naciste a finales de los ochenta o principios de los noventa, recordarás esta práctica bastante común en los mensajes de texto y contenidos en plataformas como Hi5 y Myspace. Hasta aquí nadie se había alterado tanto, pero es en una tercera etapa, desde el año 2010 hasta el día de hoy, que aparece el pronombre “elle” y la desinencia “-e” (terminación que se añade a la raíz de una palabra para indicar variaciones gramaticales), que algunas personas no soportaron. El pronombre elle surge como una alternativa para personas de género no binario o para cuando el género de la persona a la que se refiere es desconocido. La desinencia “-e” se adoptó para permitir la pronunciación en sustantivos y adjetivos que la @ o x no permitían de forma tan clara. Es decir el pasar de todxs/tod@s a todes

Pero lo interesante de esto es que la “-e” no incomoda por su morfología, sino por su función. Es decir no afecta por su gramática sino por lo que significa para algunas personas que nos nombremos desde este lugar. Lo que muchas personas han aprendido sobre el género y lo binario hombre/mujer como únicas posibilidades de este. Muchas personas argumentarán que es molesto porque la RAE no lo aprueba, pero es justo esto a lo que me refiero cuando hablo de la función. Y hago énfasis en esto, la letra no hace daño, es lo que significa esa letra lo que a ciertas personas les resulta tan incómodo. Al final al sonido nos acostumbramos, por extraño que suene, como nos acostumbramos a un nombre poco común. Pero qué ocurre cuando se viralizan contenidos del tipo: “la ideología de género, movido por esas personas que se nombran desde lo neutro, que no se sienten ni hombres ni mujeres, está arruinando las infancias y erosionando los valores morales conservadores de la sociedad…”. Ahí puede que sea más difícil acostumbrarse al sonido y asociarse con algo “peligroso”. Aunque el peligro esté en otro lado. Pero lo que me parece importante resaltar de esto, es que esa aversión esa respuesta de peligro es aprendida. No es en sí misma, sino que está sujeta a la información que recibes, los contextos en los que te mueves y las consecuencias de usarlo, o no, en tus intercambios con el entorno. Y por eso, me parece fundamental, cuestionarlo. 

Entender la atención como un acto político implica reconocer que el proceso de responder diferencialmente al ambiente no ocurre en un vacío neutral, sino en un escenario de poder. Bajo esta lógica podemos entender la atención, como conducta política y potencialmente revolucionaria, en tres puntos clave que, al menos a donde me llega el alcance, podemos destacar en lo acontecido en las redes. 

  1. Selección de estímulos como sesgo social. Si la atención es el control de la conducta por parte de estímulos específicos, es importante preguntar: ¿quién pone esos estímulos ahí? Yo elijo hablar desde la existencia no binaria, pero el algoritmo reduce el alcance, así como el de otras palabras que incomodan. Por eso ves que en algunas cuentas en vez de deletrear la palabra “genocidio” usan aleaciones como “g3noc*dio”. Las nuevas políticas de Meta favorecen ciertas formas de expresión y esconden otras. Por tanto, es más probable que el simple hecho de no aparecer tanto en redes haga que mi manera de expresarme resulte un estimulo saliente que, además, está asociado a elementos que se asocian a peligro. Atender a lo que es importante, en este caso al mensaje del riesgo en el bienestar psicológico por el tráfico, se convierte en un acto de resistencia. Y si, tengo claro que podría hacerlo en un femenino genérico o un desdoblamiento -nunca en un masculino genérico-, pero me niego a seguirnos invisibilizando por miedo a incomodar y quiero creer que las personas podemos tener el suficiente alcance para ver más allá. 

  2. La accesibilidad o la economía de la atención. Retomando a Sara Ahmed, la atención es un recurso limitado. El hecho de que una persona pueda dedicar tiempo a ver redes, pensar, escribir o crear depende de una historia de reforzamiento y condiciones materiales. La política aquí reside en quién tiene el “permiso” ambiental para atender a qué cosas y de que manera puede hacerlo. Y claro, en qué condiciones ven las personas que ven un contenido determinado: qué día han tenido, qué ha pasado en ese día y una serie de elementos que forman parte de una historia conductual y variables que favorecen una u otra respuesta. 

  3. La agencia como subversión. Desde el análisis funcional, la atención depende de las consecuencias que ha tenido esa conducta o una similar en el pasado. Históricamente se nos ha reforzado atender a ciertos estándares del lenguaje como los “normales” y se intenta mitigar la aparición de expresiones como las que yo utilizo con burlas, intentos de ridiculización, amenazas de dejar de seguirme (o en su defecto el dejar de seguirme) etc,. Esto para muchas personas puede resultar castigador, es decir provocar la adecuación de su expresión hacia la norma. Partiendo de esto, reorientar la atención hacia lo que sistemáticamente ha sido bloqueado o ensombrecido es una forma de agencia. De decidir sobre los estímulos de una manera que no implica la automaticidad, sino la crítica consciente. Que nuestro comportamiento esté controlado por estímulos que elegimos valorar pese a los silencios que se quieren generar.

Lo que mi pequeño momento de viralidad me llevó a reflexionar es cómo la atención es política en cuanto lo que miramos define lo que existe para nosotres y que no somos nosotres quienes definimos qué se nos muestra. Con esto el objetivo no es, a mi parecer, convencer a nadie a sentirse cómode con el uso lenguaje neutro. En el mejor de los casos si logro contra-condicionar la experiencia de unas cuantas almas lectoras. Pero en realidad, querer cambiar lo que se siente en respuesta a un estímulo me resulta una tarea titánica que dependerá de muchos factores de los que no tengo el más mínimo interés de controlar. Lo que si me interesa es hacer la propuesta de ver más allá de la incomodidad que puede generar una letra -que solo pretende visibilizar a quienes nunca hemos sido visibilizades- para atender a lo que en realidad importa. Decidir hacia dónde mirar puede ser entonces, a mi entendimiento, una herramienta potencialmente poderosa de transformación social. 

Bibliografía 

Ahmed, S. (2006). Queer phenomenology: Orientations, objects, others. Duke University Press.

Froxán Parga, M. X. (Coord.). (2020). Análisis funcional de la conducta humana: Concepto, metodología y aplicaciones. Ediciones Pirámide.

Pérez Fernández, V., Gutiérrez Domínguez, M. T., García García, A., y Gómez Bujedo, J. (2018). Procesos psicológicos básicos: Un análisis funcional. UNED.

Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.

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